Road trip por el País Vasco Francés

Actualizado: 23 de dic de 2020

Quizás este viaje haya sido uno de los más especiales para mí. Desde el principio se empezó a torcer la cosa. El viaje había sido planeado con meses de antelación (cosa rara en mí) y según se acercan los días me dejan tirado. Nunca había viajado solo, pero no dudé ni un momento y me lancé a ello. La semana antes del viaje me entero de que justo esos días en Biarritz es la cumbre del G8 y que estaba todo bloqueado, pero decidí no modificarlo tampoco y seguir adelante con el viaje.

El viaje lo hice poniendo mi coche en Blablacar -no fue de los amenos, todo hay que decirlo-, pero bueno, son cosas del directo. Iba con miedo a que la frontera estuviera cerrada, pero al final, mucho ruido y pocas nueces, no hubo problemas de entrada.

Llegué sobre las 15 horas a Bayona con un hambre de campeonato. Pensé que como era el País Vasco algo habría abierto para comer, pero nada, todo cerrado, lo único que encontré fue un KFC; en el sentido de horarios, son más franceses que vascos.

Después de dejar el coche me lancé a visitar la ciudad. Lo primero que te encuentras son los puentes sobre el Adur y el rio Nive, con unas vistas preciosas desde cualquiera de ellos.

Caminando llego a una ciudadela -he intentado buscar información pero no consigo encontrar nada-; parece la antigua entrada a la ciudad o una construcción defensiva, lo bueno es que hay un parking gratuito para dejar el coche y está muy cerca de la ciudad.

Cruzando esta ciudadela llegas a una gran plaza empedrada y tienes a un lado la iglesia de San Andrés y el castillo antiguo, muy distinto a los castillos castellanos a los que estoy acostumbrado.


Sigo caminando para llegar al centro de Bayona. La sorpresa es que todo está cerrado, incluso tapiado con maderas, se esperaban disturbios y la gente cerró todo a cal y canto, así que ni un museo, ni un mercado ni nada. Aunque en el centro de Bayona sobre uno de sus puentes me paso algo que cambiaría mi forma de viajar. Resulta que una chica me pidió una foto (bueno, que le hiciera una foto, no una foto mía). Después de 200 fotos porque ninguna le gustaba me preguntó de dónde era y le dije que de España, y resulta que ella era fan del Atleti y hablaba perfectamente español. Empezamos a andar y hacer turismo juntos y hablando le comenté que me quería quedar algún día más, pero no había hoteles, y me habló de Couchsurfing. Para el que no sepa lo que es: viajar con la posibilidad de alojarte en casas privadas con anfitriones. Y desde entonces ha sido mi principal forma de viajar, no por ser gratis, si no por el intercambio cultural y lo que te enseña sobre el destino la gente local.

Desde el centro andamos hacia la plaza de toros. Es una plaza moderna, donde aparte de toros, hay conciertos y otros eventos. Y volvimos de nuevo a la zona central para visitar el castillo nuevo, la catedral, la plaza de España y disfrutar de las estrechas calles con sus antiguos edificios blancos con madera roja.



Intenté buscar un bar con cerveza artesana o local, pero no hubo forma; por cierto, aprendí que Bar es la abreviatura de Brasserie.

Continué mi visita por la zona del río, donde aparte del edificio del mismo ayuntamiento, hay un parque precioso en honor a Leon Bonnat.


Antes de volver a casa tuve suerte de encontrar un super abierto y compré algo por si acaso; hice bien porque los restaurantes cerraron antes de que me entrase hambre. También aproveché para disfrutar del atardecer desde uno de los puentes de Bayona.


Me levanto y me subo al coche para empezar el día. Cojo dirección a San Juan del Pie del Puerto. De camino me encuentro con un pueblo que por una razón u otra me llamó la atención y decidí parar para visitarlo. Era un pueblo tranquilo, con caballos y huertos. Destaca una iglesia pequeña pero con una torre muy alta y el frontón.


Sigo mi viaje con dirección a San Juan del Pie del Puerto, antiguamente llamada Cabeza de Navarra. Dejo el coche y camino hacia el centro del pueblo. Lo que más llama la atención es la pulcra limpieza de todo el entorno, el aire, las calles, el agua del río... estaba tan clara que podías distinguir las truchas desde lo alto del puente. No ves un papel, ni una colilla si quiera en el suelo. Una pasada. También llama la atención la cantidad de arte que se puede apreciar en distintas galerías y patios.



Después de un paseo por las calles del pueblo y ver las murallas, subo al punto más alto del pueblo a una ciudadela desde la que antiguamente se vigilaba la ciudad, ya que es un punto estratégico. Posteriormente se utilizó de colegio, supongo que interno, porque si yo tengo que subir hasta arriba todos los días con la mochila cargada creo que poco iba a parecer por clase. A día de hoy se encuentra sin uso.


Antes de irme aprovecho para comer. Me llama la atención un menú vasco que ofrecían en Chez Luis, la atención del restaurante fue exquisita y el lugar más que perfecto, en un patio interior, a la sombra en un día de calor y con mucha vegetación. El menú consistía en canard con ensalada, pollo vasco hecho con una especie de pisto, y pastel vasco. Aparte -no estaba en carta- les pedí una cerveza local y como que de casualidad tenían una Eguzki. Curiosamente, después de la mía, la gente empezó a pedir y las mesas se empezaron a llenar de cerveza artesana.


Después de comer y con la fresca tuve la brillante idea de subirme al monte Ursuia. Es una subida moderada, pero, como siempre opté por la opción del atroche (por el camino más recto y la cosa se complicó) subí por la ladera repleta de helechos, y en un paso en falso de entre los helechos me salió una oveja ninja que, al contrario de las ovejas que yo conozco, lejos de asustarse, la oveja intentó echarme a cabezazos. Así que me tocó bordear el resto del rebaño que también se hallaba escondido entre los helechos. Coroné sobre las 17, con la ropa empapada en sudor y con el viento de la cima casi me da un parraque. En la cima me encontré una familia de caballos y como siempre que veo un animal tengo que acercarme a ver qué pasa, otra vez a evitar el ataque de los caballos que no se lo tomaron muy a bien, y es que este es el riesgo de ser idiota, que se es idiota a tiempo completo, no tienes un descanso.


La siguiente parada es Ezpeleta. Tuve suerte de ir ese día y no el siguiente, porque me lo hubiese encontrado cerrado, ya que las parejas de los miembros de gobernantes del G8 iban a visitar el pueblo.

Este pueblo se caracteriza por dos cosas: la primera es por el chocolate y las figuras que hacen con ellas, y la segunda y más importante por el pimiento de Ezpeleta que verás colgado en las fachadas de casi todas las casas del pueblo. Es un pimiento que se consume seco. No es nada picante y de sabor muy dulce y afrutado, tanto... que el aroma nos puede recordar más a tomate que a pimiento. Está buenísimo con unos huevos fritos.


Después de dar un paseo por sus pintorescas calles, hacer alguna compra y disfrutar de una pequeña galería de esculturas, me tomo un descansito tomando una cerveza en una terraza. Elijo una cerveza de Bob’s beer en su variedad de trigo con un toque de pimiento de Ezpeleta, de sabor suave y el pimiento muy bien integrado.


La penúltima parada fue en Ainhoa, aquí fue una visita rápida, ya que el pueblo en sí no me llamó mucho la atención y ya estaban cerrando todo, casi no había vida en el pueblo, así que recorrí las dos calles principales y de nuevo de vuelta al coche.


Mi última parada fue en Biarritz. Aparqué lejos del centro, ya que pensé que con el coche no se podría entrar. Bajé andando hacia la zona de la costa, caminando entre mansiones, y cuando ya estaba cerca del centro, un gendarme con metralleta me dijo que, ni en coche, ni a pie, ni a caballo, intenté colarme con la frase: Mais Je suis le ami de Donald Trump. Creo que lo dije tan convencido que se puso nervioso, fue a buscar a un superior y me dijo que lo sentía mucho, pero que si no tenía la tarjeta, no me podían dejar pasar; así que la visita fue muy fugaz y aún tengo pendiente la visita a Biarritz. De vuelta a casa tardé mucho más, porque había un piquete en un puente y mi GPS no me daba más opciones para volver, así que estuve dando vueltas por el mismo puente cerca de 40 minutos... así que me tocó cenar las sobras de la cena del día anterior.

Mi último día y cojo el coche para hacer la vuelta temprano. Esta vez hago el viaje por carreteras comarcales, huyendo de peajes y los continuos cortes y controles. A los pocos kilómetros me encontré un molino en el que leí algo de pastel vasco en un entorno paradisíaco. Como voy sin prisa y sin ruta, decido parar. El sitio se llamaba el Molin de Bassilour, una panadería situada dentro del molino; dentro compré varios pasteles vascos y una cosa que me llamó la atención y era super barato, fue el "pastel de los amigos", o eso entendí, que era como un bollo de maíz y anís muy tosco que al principio, como que cuesta comerlo, pero luego te enganchas.


Sigo la ruta y me paro en Bidart en una ermita que me llamó la atención, la Ermita de San José. Desde allí había una vistas espectaculares al mar, y desde atrás, salía un caminito casi oculto entre la vegetación, que te llevaba a una playa, casi oculta, de arena fina y grandes olas.


La siguiente parada, esta sí, planificada, fue en San Juan de Luz, famoso por sus playas. Sus principales atractivos son: las calles centrales, los comercios de repostería, las fachadas de sus casas y, sobre todo, el olor a comida en las calles; aunque pegado a España, siguen teniendo un horario muy francés y sigo sin acostumbrarme.


Desde allí cojo la carretera que pasa cerca de la fortaleza y sigo el camino pegado a la costa; no soy muy de mar, pero había unas instantáneas preciosas de unos acantilados, y paré a descansar un rato y sentarme a ver el mar.


Llego a Hendaya sobre las 15, con un hambre de campeonato. No es un pueblo feo, pero con todo lo que vi antes, se me quedó corto. Después de un paseo rápido y comprobar que todas las cocinas estaban cerradas, vuelvo a coger el coche para cruzar la frontera, con vistas a Hondarribia, que literalmente se ve desde Hendaya.


Llegado a Hondarribia. Me reciben sus murallas y escudos. Una muralla preciosa completamente de piedra, pero yo solo tenía ganas de llevarme algo a la boca, aunque sí que es verdad que me entretuve bastante paseando por las calles empedradas, admirando esas construcciones tan señoriales.


Visitado todo el casco me dirijo a la zona del puerto, muy bonito, sí, pero entré al primer bar abierto. Allí, nada más entrar, oigo un epa, kaixo! He de reconocer que el francés y los franceses no es algo que me apasione, así que al escuchar eso me salió del alma contestar joder, qué alegría, a lo que el camarero me contestó, ¿qué te pasa? , nada nada, le contesté, que llevo tres días en Francia, con el Bonjour y el Au Revoir y me ha hecho ilusión escuchar algo más reconocible. El camarero, de apariencia muy vasca, se reía y me pregunto cómo estaban las cosas por allí, si había muchos controles, y con palabras textuales me dijo, tú, con la pinta de activista que tienes, te habrán parado en todos. Ahora el que me reía era yo. Iniciamos una conversación y le pedí que me sacase lo que sea para comer, y empezó a sacarme manjares, uno tras otro, y seguimos conversando. Llegó el momento en que sacó una botella de su mejor Txakolin, intenté negarme, porque lógicamente tenía que conducir, pero no, qué se puede hacer cuando te dicen: Aiba la ostia, me vas a rechazar a mí una invitación. Dile tú que no si hay huevos.


Así que salí de allí, feliz y contento y algo piripi, así que me dediqué a deambular por las calles del puerto y el casco antiguo hasta que el Txakolin bajase. Aproveché también para hacer compras; me encanta traerme comida. Creo que en los viajes no engordo, pero cuando vuelvo…

Puedo haceros un resumen de mi maletero:

Queso con pimiento de Ezpeleta, Queso de Saint Amure de Touraine, varios canard, pimientos de Ezpeleta en varios formatos, cervezas a cascoporro, macarons, muffins y el pastel de los amigos.

Y con este sobrecargo subo en el coche para terminar mi viaje


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