Galicia, come o revienta

Actualizado: sep 3

Galicia, un viaje diferente, una tierra que me encanta... y que no visito más por la paradoja de que está: muy lejos para ir en coche y muy cerca para ir en avión.

Esta vez fuimos en una de esas fechas en las que prefiero no viajar. Pero por circunstancias del viaje... fuimos en un puente. Con lo que el viaje se hizo... dos horas más lento aún.

En el viaje íbamos a visitar tres ciudades y algún pueblecito sin mucho monte, por el tiempo y las pocas horas de luz al día.

Hicimos el viaje rellenando nuestro coche con Blablacar. La primera parada del viaje fue para repostar depósito y estómago en Adanero, en una estación de servicio que tenía un bar que se llama Cafetería Adanero.

Mi intención era reservarme para cuando llegase a Ourense y pedimos un bocata pequeño. Y menos mal que no pedimos el grande, porque menudos tamaños y la calidad también muy buena, muy buena opción para las paradas en carretera -no es caro y cutre como muchas estaciones de carretera-; muy recomendable.

Llegamos a Ourense a las 17:30, ya casi de noche, donde habíamos quedado con Lara, nuestro Couchsurfing en esta primera noche y que al final, aparte de nuestra anfitrión, fue nuestra guía, compañera y amiga.

Si no tienes a Lara puedes usar un Freetour

Lo primero que nos encontramos al salir de casa de Lara son las Termas de As Burgas, tres fuentes que emanan agua medicinal a más de 60º y con una piscina de agua a 40º gratuita pero con horario restringido.

No paramos mucho por aprovechar los últimos rayos del sol y ver la Catedral y las calles de centro con algo de luz natural, aunque no nos dio tiempo y parte del recorrido lo hicimos ya sin luz, cosa que no ocultó la belleza de las estrechas calles y sus edificios de piedra. Lo único, que no pudimos entrar en la Catedral.

Después de patear un poco y descargar la conciencia, para poder seguir comiendo, nos fuimos de tapas por el centro. Disfrutamos de manjares como Navajas, Zamburiñas, Chipirones, anchoas con queso y miel, y mejillones.

Además, como colofón, fuimos a la cervecería Den Bieren, especializada en cerveza belga, y nos tomamos una Delirium y una Bush para sacarnos el frío del cuerpo.

No acababa ahí la noche, quedaba lo más importante: visitar las termas a las orillas del río. Las primeras que visitamos fueron las de A Chabasqueira, pero tras llegar allí, estaban cubiertas por el agua del río, así que probamos en la de Outariz y allí sí que pudimos darnos un pequeño baño, aunque eran ya las tres de la mañana y debe ser que por la noche lo cierran y el nivel del agua era muy bajo, pero lo peor... fue el salir del agua en el invierno gallego.

El día siguiente no empezó muy pronto y tranquilamente pusimos rumbo a Santiago. Por el camino hicimos varias paradas; la primera en Carballiño, donde pudimos disfrutar de la imponente Iglesia de la Vera Cruz.

La siguiente parada, sin desviarnos mucho del camino, fue en Fervenza do Toxa, el único punto de encuentro con la naturaleza de todo el viaje. Está situado en Silleda y es la cascada más alta de Galicia. Lo que se merece gastar unas pocas horas de luz para verla.

Seguimos con la idea de picar algo para luego por la noche ponernos ciegos en Santiago. En la carretera encontramos un coche muy antiguo con un cartel que pone Parrillada a Fonte y una flecha. Era una señal que no podíamos dejar pasar así que giramos y nos dirigimos hacia esa parrillada.

Era un restaurante con 3 platos, ni más ni menos: churrasco, chuleta y chuletón. Parece ser que es bastante habitual este tipo de sitios entre los lugareños. Nosotros, sin tener ni idea, pedimos un churrasco y un chuletón. El churrasco resulta que no es una pieza como yo conozco, sino que es básicamente mucha carne y matanza a la brasa. Nos traen primero el plato de churrasco con ensalada, patatas y chimichurri, y cuando lo acabamos nos dicen si queremos más o esperamos a que venga el chuletón. Me dio la impresión de que puedes repetir hasta reventar, y como me comentaron después, así era. Pero ya era demasiado y quedaba el chuletón; que bueno, por 25€, tampoco podía ser algo grande. Bueno... pues sí, no sé si era de Brontosaurio o necesitan matar dos vacas para un solo chuletón, yo creo que estaba cerca de los dos kilos, qué barbaridad... eso sí, nos llevó un par de horas, pero acabamos con él.

A duras penas conseguimos salir del restaurante y proseguir la marcha hacia Santiago. Esta vez nos alojamos en hotel, Hesperia los Peregrinos, pagamos menos de 50€ y el hotel está bastante bien, céntrico y con parking.

Ya casi de noche y con niebla empezamos nuestra ruta por Santiago. Empezamos por el parque de la Alameda, que además, tenía una exposición de viñetas cómicas gallegas y al final, la estatua de las dos Marías: una curiosa historia de dos señoras, hermanas, que todos los días, a las dos, salían a dar un paseo por Galicia, maquilladas muy estrafalariamente para ligotear con los estudiantes.

Después seguimos por una de las calles principales del centro, la Rúa do Franco, hacia la Plaza del Obradoiro, algo espectacular, con la Catedral, el Pazo de Raxoi y el parador rodeándolo. Mires por donde mires, todo es precioso.

También pasamos por el Pazo de Fonseca, donde había una exposición de arte gratuita y donde además podrás observar el patio interior y los espectaculares techos del pazo.

Desde allí ponemos rumbo al mercado de abastos, que como era de imaginar, estaba cerrado. Por eso no me gusta viajar los fines de semana y festivos. Pero el esfuerzo de ir, aun sabiendo que estaba cerrado, nos dio una jugosa recompensa: nos encontramos con CGAC o centro gallego de arte contemporáneo, aunque Mine solo aceptó porque estaba helada y calada hasta los huesos; al ser gratuita, aceptó entrar.

Una vez dentro lo que a mí me apasionaba para Mine solo era chatarra amontonada, pero a mí me pareció que las obras expuestas eran de una calidad y belleza altísima: son de esas obras que te transmiten emociones.

Aún quedaba lo más importante de la noche: la cena. Aunque estábamos llenos, había que hacer un esfuerzo. Fuimos al restaurante María Castaña, en el centro de Santiago y según vimos la carta supimos lo que queríamos: Polbo y Raya. Era nuestra noche. Pero no penséis mal, Polbo es pulpo y Raya es pez Raya, que nunca lo habíamos probado, y por si nos quedábamos con hambre... ¡mejillones en salsa de erizo!

Otra vez las cantidades eran descomunales para el precio. Y la calidad, espectacular. Pero aún así, la cantidad nos venció y no pudimos terminarlo todo, no había forma.

Suerte que el camino de vuelta era cuesta abajo y pudimos llegar rodando al hotel. Si no, no sé qué hubiera sido de nosotros.

El siguiente día ponemos rumbo a Pontevedra mientras visitamos pueblecitos. El primero en el que paramos es Padrón, el pueblo de los pimientos y también de donde viene el padrón municipal, ya que este fue el primer pueblo que empezó a apuntar el nombre y dirección de todas las personas que allí vivían.

Lógicamente, nuestro afán era disfrutar de unos buenos pimientos como desayuno, pero resulta que no era época, así que entramos en la cafetería H2O, por cercanía más que nada, para tomar al menos un pincho de tortilla -por desayunar algo-, ya que con la tripada del día anterior era suficiente. Pero señores: esto es Galicia, de pincho nada, ¡la tortilla entera! Pero vamos, que tampoco sobró.

Ese día era día de mercadillo y había mucho ambiente, pero también había un mercado municipal espectacular, con un pescado que te miraba a la cara pidiendo ser comido.

A parte de esto, visitamos otros dos puntos, el más elevado del pueblo que corresponde al convento del Carmen, desde donde se tienen unas vistas de todo el pueblo, y también la fuente del Carmen; cuentan que esta misma fuente la abrió el Apóstol Santiago a bastonazos. Entre las propiedades de esta fuente destaca que ayuda a tener un buen parto, y si le rezas un salve, tienes 40 días para cometer los pecados que quieras... o algo así entendí.

Proseguimos el viaje, libres de pecado, y aparecemos en Cambados. Como el resto de sitios, ni idea de qué nos íbamos a encontrar, la única referencia que tenía es de un amigo que se crío allí y me dijo que allí había mucha droga y que la gente iba con el dinero en bolsas de basura al banco. Claro, con estas referencias, no me esperaba encontrar lo que encontré.

Dividimos la visita en dos partes: por un lado, el lado norte, donde fuimos a las ruinas de Santa María, actualmente usada como cementerio y encuadrada dentro de los monumentos funerarios de España, y de verdad que tiene su mística, creas o no creas en lo que sea, tanto el cementerio como el monte en el que se sitúa trasmiten algo que no sabría bien cómo catalogar, es esa sensación de que si detrás de un árbol te aparece un duende o un espíritu... tampoco te va a resultar raro.

En la ladera de ese monte se encuentra también la Capilla y el Mirador de A Pastora, desde donde se ve toda la ría de Arousa y Cambados, y como el cementerio, también emanaba esa magia especial.

Ya en la parte norte, más urbana, lo que buscamos fue un lugar donde comer, porque ya era tarde y algo habría que comer. Mine estaba de antojo de ostras, así que entramos en As Pías, que ponía que había ostras en la mariscada. Sin darnos cuenta que estábamos en Galicia, de nuevo pedimos la mariscada, sin mirar. Y, claro, allí no paraban de salir platos: nécoras, camarones, cigalas, ostras, vieiras, zamburiñas, navajas, pulpo, berberechos y mejillones, casi nada... y todavía nos dicen que si nos hemos quedado con hambre.

Después, visitamos el resto del pueblo: el precioso centro histórico y la enorme plaza de Fefiñanes, con su paz.

Ponemos rumbo al último pueblo del día Combarro, haciendo una pausa en la Playa de Chancelas para ver el atardecer con vistas hacia la isla de Tambo, una maravilla de vistas.

Ya de noche llegamos a la Combarro. Uno de esos pueblos que te trasladan al pasado: sus hórreos y sus estrechas callejuelas le dan esa calidez que te hace sentirte seguro entre la niebla. Es un lugar que no se puede describir con palabras. Las imágenes ayudan un poco, pero hay que vivirlo. Aunque sí he de reconocer que me gustaría volver a visitarlo de día.

Terminamos el día en un hotel de Poio, una localidad cercana a Pontevedra, el Motel Venus. Si es uno de esos hoteles hechos para el fornicio -y no era nuestro caso- pero era lo más barato de la zona y la verdad, es bastante cómodo. Tanto que decidimos comprar unas empanadas para cenar y desayunar en la cama, con unas cremas de chocolate blanco y plátano que compramos en Combarro.

Nos despertamos para afrontar el último día. Lo primero que hicimos fue visitar Pontevedra. Importante, no se puede aparcar, hay un gran parking al otro lado del río justo enfrente del mercado de abastos donde puedes dejar el coche y cruzar uno de sus puentes para llegar al centro de la ciudad.

Obviamente, empezamos por el mercado de Abastos, pero tras un puente largo y con las lonjas vacías, prácticamente no había nada.

Desde allí vamos a la plaza de la peregrina que, a pesar de que ahora es el centro de la ciudad, no lo ha sido siempre, ya que incluso está fuera de las murallas. Allí se encuentra la Iglesia de la virgen de la Peregrina; lo que más llama la atención de esta iglesia es la altura que tiene para lo relativamente pequeña que es... y su base en forma de vieira. También, muy cerca, nos encontramos el portentoso convento de San Francisco.

También visitamos las ruinas de Santo Domingo, que no tengo mucho que decir sobre ellas, salvo disfrutar del parque de enfrente y de las estatuas de duendecillos gigantes que hay.

Y la Basílica de Santa María, un edificio oscuro que te da la impresión de que esconde algo maligno; es imponente.

Otra cosa bonita de la ciudad son las esculturas que hay en la calle. Aparte de los duendes, puedes disfrutar una de Valle Inclán, la de Maria Castaña, el oro de carnaval y... muchas más.

Como última misión intentamos llevarnos algo de marisco y carne para casa. Pero estaba todo vacío, no conseguimos encontrar nada.

Ya de camino de vuelta, lo intentamos en más pueblecitos de interior... pero no lo conseguimos hasta llegar a Brués, donde entramos a una pequeña tienda de alimentación, oscura, donde una señora muy amable nos atendió y le pregunté: "-Y... ¿chuletones, no tendrás?" Sí, claro, asintió ella... y se metió para dentro y sacó una pieza enorme. Y nos partió unos chuletones espectaculares, de más de kilo cada uno, que luego en casa comprobamos que estaban exquisitos... y a sólo 10€/kg, una ganga para terminar nuestro viaje.

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