• Carlos Sanz Arranz

New York, la ciudad que nunca acaba

Actualizado: 23 de dic de 2020

La primera vez que cruzo el charco y todo eran dudas. Por suerte, tenía conocidos que habían vivido en New York y eso me ayudó mucho.

Voy a empezar el viaje desde los preparativos. El vuelo sin problema, la verdad es que son económicos cogiéndolos con tiempo, nos costó una media de 250€ cada billete, pero…. A días del viaje nos dicen que el vuelo de vuelta se cancela porque tienen que revisar el motor Rolls Royce del avión, literalmente. El caso que no te dan ninguna opción más que volver tres días más tarde, pero claro, la gente trabaja y además el ESTA (Sistema Electrónico para la Autorización de Viajes) lo teníamos para esos días. Tras mucho luchar conseguí que nos dieran un vuelo a Londres y hacer escala a Madrid. También me dijeron que nos pagaban los gastos del día que pasáramos en Londres. Y al final, casi un año después, conseguí que me lo pagaran. Gracias, Norwegian.

Lo siguiente es conseguir el ESTA, que es fácil que te lo concedan, pero un poco lioso y hay que hacerlo después de contratar el hotel.

El alojamiento es lo más complicado. Mi idea era alojarnos en Manhattan o cerca, pero los precios superaban los 150€ por persona y noche, así que te tienes que alejar mucho para conseguir algo asequible.

Además, tienes miedo de cogerlo en un barrio complicado o mal comunicado, y si eso fuera poco, según fui mirando... resulta que de una punta a otra de New York hay 150 km seguidos de edificio tras edificio... y se une luego con New Jersey, así que sigue sumando kilómetros. Lógicamente, en nuestro viaje sólo visitamos Manhattan y alrededores.

Al final nos decidimos por un apartamento que cuando llegamos era el garaje de un chalet adaptado con dos camas de matrimonio juntas y un baño, en un barrio residencial de New Jersey. Sí, de New Jersey, en otro estado. Se llamaba Newark y estaba a unos 30 km de Manhattan y por un módico precio de casi 200€ la noche. Lo bueno es que lo cogimos al lado de la estación de Newark Penn a sólo una parada de la Penn Station y en menos de media hora te plantas en el corazón de Manhattan. Con todo ya solucionado sólo faltaba empezar el viaje.

Llegamos casi a media noche a New York. Desde el aeropuerto ya puedes comprar la Metro Card y con ella coger un metro que te lleva a Jamaica Station. Desde allí ir hasta Penn Station; creíamos que seguíamos en el metro porque no pasamos ningún torno, pero no, íbamos en un tren y cuando pasó el revisor, por mucho que le expliqué, nos tocó pagar. Atención que en los trenes no hay tornos, hay revisores; lo bueno que si, por lo que sea, el revisor no pasa, ese billete te vale para otro viaje.

Conseguimos llegar a Penn Station para hacer el trasbordo a Newark Penn pero… ya estaba cerrado, no había forma humana de llegar en transporte público a Newark. Yo me vi a las 3 de la mañana en Manhattan y te puedo asegurar que lo de "New York, la ciudad que nunca duerme"… no es para tanto. Nos tocó coger un Uber para llegar.

No teníamos planeado nada. Sólo llevamos un mapa con paradas, por si andábamos cerca. Lo que teníamos claro es que no íbamos a gastar en atracciones turísticas, ya que teníamos excesivo tiempo y me parecían carísimas... por ejemplo, subir a un rascacielos son cerca de 20€.

Todos los días repetíamos trayecto desde Newark Penn a Penn Station y desde allí nos movíamos.

El primer día fuimos a visitar el Downtown. Bueno, para entendernos, Manhattan está dividido como en tres zonas: Downtown o zona baja, es la que está más al sur y más cerca de la desembocadura del Hudson, el Midtown o centro, y el Uptown o Norte hacia Harlem.

Bajamos por la ciudad visitando distintos puntos como fueron el Madison Square Garden, que es el estadio de Knicks y está exactamente en la estación de Pennsylvania o Penn Station. Desde esta plaza puedes observar el curioso edificio Flatiron (plancha en español) por su curiosa forma triangular.

Seguimos hacia el sur pasando por Union Square, en el que determinados días ponen mercados de producto local, por lo que volvimos otro día y ese día lo pasamos de largo.

Pasamos por la Iglesia de Gracia que nos llamó mucho la atención por su arquitectura, aunque no supera los 200 años, y por la Universidad de New York entrando por el arco de Washington Square, arco de mármol dedicado al presidente George Washington.

Continuamos por las lujosas tiendas del Soho, y bajamos hasta la actual zona 0 con su homenaje a las víctimas.

Muy cerca también se encuentra el Oculus, un edificio diseñado por Calatrava y con el dudoso honor de ser la estación más cara del mundo: duplicó el presupuesto de la construcción, terminó 7 años después de lo previsto y, finalmente, a los días de inaugurarse... se llenó de goteras.

Dicen que su diseño representa una paloma a punto de echar a volar, un ojo o un dinosaurio, pero la verdad es que la gente habla sin saber. Mis fuentes me cuentan que es un diseño inspirado en la hucha de un paleta de Plasencia que trabajó hace años con el arquitecto.

También cerquita, si os gustan las compras, podéis ir al 21 Century. Que si buscas siempre hay gangas de grandes marcas.

Comemos en una pizzería, de las que hay cientos, que se llama Pronto Pizza, y probamos guarradas como la pizza de brócoli y la de macarrones... que curiosamente estaba buena.

Bajamos por la famosa Wall Street y pasamos por delante del toro de Wall Street. Pero había una fila enorme para tocarle los cojones al toro, literalmente, y preferimos seguir el camino a esperar.

También había un mercado de comida callejera con una pinta espectacular, pero acabábamos de comer.

Llegamos al Clinton Castle, que es una antigua fortificación construida para defenderse de los ingleses, pero que nunca llegó a usarse para esa causa, pero sí como sala de conciertos y teatro.

Cerca de allí está la salida del Ferry hacia la Estatua de la Libertad, de pago, pero nosotros preferimos irnos al Whitehall Terminal que es desde donde sale el ferry gratuito hacia Staten Island; es gratis porque eso y una carretera son lo único que comunica este barrio con New York.

Nos comentaron que no merece la pena el pago para llegar al pie de la Estatua, y cuando pasas por delante te das cuenta de que esa imagen de una estatua gigante que tenías en la cabeza detrás de todos esos rascacielos no es tan impresionante, y menos de cerca. Pero sí tienes que visitarlo por vivir la historia, y sentirte como esos inmigrantes, que era lo primero que veían al entrar en el país.

Llegamos a Staten Island, un barrio residencial, y justo a la llegada del Ferry han abierto el Empory Outlet, un Outlet de grandes marcas pero que aún está un poco en pañales.

Después de una vueltecita volvemos de nuevo al Ferry para volver a la isla. En tierra nos encontramos con el museo de los indios americanos -además, gratis-, nos dimos un paseo por el museo y por la historia de tainos, apaches, mayas… y su relación con la Pachamama.

Ya era casi de noche y volvimos hacia casa, pasando esta vez por Chinatown. Pero los mercados estaban cerrando, aunque el olor seguía en las calles, y fuimos recomendados a un sitio para cenar que se llama Shu Jiao Fu Zhou. El sitio es super pequeño y un pelín caótico; eso sí, muy barato y muy bueno... yo, que no soy de comida china, me encantó y nos costó 15 euros la cena para cuatro, lo mismo que te costaría en cualquier restaurante de New York un solo plato. Desde allí ya nos fuimos directos para casa.

Día 2. Antes de ir a Manhattan decidimos hacer algo muy típico americano. De las tres cosas que quería hacer... que me disparasen (a ser posible sin darme), jugar un partido de basket callejero y desayunar en un Diner... esto último es lo único que conseguí.

Ya en Manhattan caminamos dirección a Grand Central Terminal, la terminal de trenes más grande del mundo con 44 andenes y construida en mármol. En su bóveda tiene reflejado el firmamento, pero al revés. Dicen que es como lo vería Dios, pero en realidad fue cosa de un despiste puntual. También conservan una gran mancha negra de la última reforma que dejaron simbólicamente para demostrar lo sucia que estaba cuando se podía fumar en la estación. Otra de las curiosidades es que pese a sus dimensiones y su profundidad tan solo tiene una escalera, el resto son rampas. Por último de esta estación quiero destacar esa muestra de globalidad y diversidad que me ofreció: en una de las puertas había dos militares americanos, uno negro que sobrepasaba los 190 centímetros de sobra y otro asiático que dudo que llegase al 1,65; curiosa pareja.

Muy cerca de allí puedes observar el edificio Chrysler, uno de los más emblemáticos de la ciudad y que se construyó en tan solo 18 meses y sin muertes, uno de los hitos de la época.

Subimos hacia la 5th Ave y la recorremos en dirección a Central Park, pasando por más lugares míticos de la ciudad como la Catedral de San Patricio, El Rockefeller Center, la tienda oficial de la NBA y el lujoso The Plaza Food Hall USA

Ya en Central Park tienes varias atracciones que visitar, aunque el solo hecho de recorrer el parque y escuchar a los artistas callejeros o ver cómo asoman los rascacielos detrás de árboles gigantes ya es un pasada. Y no intentéis recorrerlo entero en una mañana; es... imposible.

De todas formas, hay puntos más emblemáticos, de los que yo me quedo con la estatua a Balto, un perro de trineo que por sus características no era buen perro de trineo pero que acabó liderando un trineo que llevaba la cura contra la difteria, el puente de Gapstown, la zona de Bethesda, el lago y la Sheep Meadow, que en tantas películas aparece.

Intentamos comer en Burger Joint, más que por su comida, por su historia. Es una pequeña hamburguesería situada dentro de un hotel de lujo. Cuentan que una empresa compró el edificio entero para hacer este hotel, pero no consiguió comprar este pequeño local ya que el dueño no lo quería vender. Como represalia, el hotel puso una cortina roja enorme para que no se viera el local y también para no perder el glamour. El caso es que si vas, verás una cola enorme para pedir en esta hamburguesería.

Como el hambre apretaba entramos en un Chipotle; la comida muy normal, pero tenían buena cerveza y comimos bien.

De postre pasamos por una de las pastelerías más emblemáticas de New York, Magnolia Bakery, una pastelería muy original y además con cocina abierta. Entrar allí es un placer para todos los sentidos.

Volvimos a subir hacia Uptown, pasando por la plaza de Colón, que también tiene una estatua sobre una columna en medio para ir al otro Century 21, más grande que el que está al lado del Oculus. También aprovechamos para ver los Strawerry fields, que están al lado, pero no vi ni una sola fresa.

Ya es de noche y bajamos por Broadway para disfrutar de las vistas nocturnas de la ciudad; es algo que no se puede describir, pero se puede aproximar contando que, al salir de una tienda, pensé que era de día.

Entre las curiosidades que encontramos puedo contar: el señor que pedía para vodka y viagra, porque su mujer era muy fea; la franquicia del Spiderman en Time Square; la tienda de M&Ms; un restaurante inspirado en la película Forest Gump, que se llama Bubba Gump; y el Madison Square Garden iluminado con los colores de los Knicks.


Día 3: Ponemos rumbo este hacía el Empire State Building, el edificio más alto de la ciudad que alberga más de 1000 empresas y tiene su código postal propio. Te da la sensación de que si lo pones en Segovia, todos los segovianos podríamos vivir allí y el resto de la provincia salvaje, es impresionante tener que recorrer varias manzanas para poder sacar una foto en el que se vea entero.

Muy cerca de allí está el barrio de Koreatown, pero salvo algún restaurante no vi nada representativo. Aquí me recomendaron un pequeño restaurante de una sola mesa y un banco en el exterior que se llama Handsome Rice; tenían muy poquita variedad, pero muy buen precio. A diferencia de los restaurantes de Chinatown tenían una limpieza y una estética muy cuidada; además, la comida estaba buenísima.

Muy cerca de allí se encuentra el Dover Street Market, que como su nombre indica es un mercado dentro de un edificio; anda que no di vueltas en la calle buscándolo. Lo que yo pensaba eque era un mercado de ropa al aire libre resulta que era un mercado de ropa carísima y estrafalaria que no se ponían ni los empleados. Para que os hagáis una idea es como si al diseñador daltónico que hace la ropa del Desigual le da por hacerse pijo, punky y consumir LSD. Aunque he de reconocer que merece la pena entrar y disfrutar de las 5 pequeñas plantas que tiene.

Ponemos rumbo Downtown y volvemos a pasar por Union Square, ya que ese día sí había mercado, y es algo que me encanta visitar; había sobre todo frutas y calabazas de Halloween, pero también flores, embutidos, carne, cerveza, miel…. Y todo muy artesano.

Seguimos bajando, primero por Kat’z Delicatessen, para probar su famoso bocata de Pastrami. El local está en una zona sin mucho tránsito pero la cola era tan larga que decidimos pasar.

Fuimos también por Chinatown, esta vez abierto, donde lo más llamativo son los mercados que sacan sus productos a las aceras y os puedo asegurar que es un lugar que bien no huele, pero si es una zona que me gustaría explorar con mucha más calma, ya que estoy seguro de que lo más curioso y llamativo no va a estar en las calles principales.

Seguimos bajando hacia el famoso puente de Brooklyn. No es algo espectacular, pero sí es una de las visitas icónicas de la ciudad. Lo peor es la masificación, casi no se puede ni andar.

Este puente llegó a ser el puente colgante más largo del mundo, aunque poco después fue superado por el puente de al lado, el de Williamsburg, por menos de dos metros. Esta sostenido por 4 cables de más de un kilómetro de largo.

Durante su construcción muchos fueron los obreros muertos, entre ellos, su diseñador, no directamente en el puente, pero sufrió un aplastamiento que le hizo perder los dedos del pie y, más tarde, le condujo a la muerte por tétanos y perder a su hijo. No solo está marcado por la tragedia. Aunque poco después de la inauguración, a una mujer se le quedó enganchado el zapato, sus gritos confundieron a los peatones que entraron en cólera, creyendo que el puente se hundía, y hubo avalanchas que provocaron doce muertos y cientos de heridos. Para tranquilizar a la población y demostrar la robustez del puente se celebró un desfile con elefantes. Como dato curioso, en las dos torres anidan parejas de halcones peregrinos.

El puente te deja en el barrio de Dumbo, que no tiene nada que ver con el elefante, sino que son las siglas de por debajo del barrio de Manhattan en Ingles. Recomiendo bajar al parque Dumbo a orillas del Hudson donde tienes unas vistas preciosas.

Desde allí cogemos un autobús para visitar el barrio de Williamsburg. Pero como era Sabbat, estaba todo cerrado y nos conformamos con verlo desde el autobús.

Nos bajamos en el mismo Williamsburg, pero en una zona menos ortodoxa, para hacer nuestra particular tarde gastronómica.

Lo primero unas cervecitas en Lucky Dog, una cervecería llena de perros corriendo libres. Nada más abrir la puerta casi se me escapa un bulldog francés, de lo libres que están, así que si buscas un sitio con terraza -o en el interior, si llueve- donde puedas estar con tu perro como en casa... este es tu sitio.

Después, una buena cena en el que posiblemente sea el mejor hindú de New York, el Tikka Indian Grill. Y además, con un ambiente muy acogedor y nada caro.

Para acabar el día y la comilona, fuimos al Martha´s country Bakery, una pastelería especializada en tartas de queso. Las hay de todos los tipos: con oreo, frambuesa, caramelo….

Una vez recebados cogemos el metro por primera vez. Eso es un jaleo, con lo bien que está en Madrid: un andén, una dirección. Allí no sabes por dónde te viene ni adónde vas. No soy consciente de las vueltas que dimos hasta llegar al destino.

Por último ese día pude visitar un sitio, ya fuera de New York. Visité un local que se llama Barcade, no sé por qué pensé que sería un asador con Barbacoa, pero era algo mucho mejor: un bar con 12 grifos de cerveza y los videojuegos árcade de cuando era pequeño, qué recuerdos... además de alejarme de la zona turística y poder disfrutar de algo más auténtico. La selección de cervezas también era muy buena y original, la que más me impactó fue una APA con nueces picanas.

Salí de allí un poco que iba midiendo las aceras, y directo a casa, que el cuarto día también sería duro.

Día 4: Desde Penn Station cogemos el metro hacia Harlem, eso sí, con muy poca esperanza de llegar al destino, porque cuando parecía que llegábamos, la línea se bifurcó y se fue en el otro sentido. Así que bajamos para hacer el resto a pie.

Nos dejó en el Boulevard Malcolm X. Lo primero que vi fue un camión de comida rápida que me llamó la atención, no sé por qué, así que hacia allí que me dirigí. Y os puedo asegurar que me dio una de las mejores patatas fritas que he probado jamás.

La idea del viaje a Harlem era ver una misa Gospel, pero cuando llegamos a Bethel ya era demasiado tarde; madrugan mucho para cantar, la iglesia no tiene nada que ver más que estas misas, es un edificio normal y corriente y si queréis fijaros en los horarios de su web, porque no hay muchas.

Ya allí nos quedamos paseando por el Marcus Garbey Park que tiene una torre de vigilancia contra incendios, pero desde esa colina tienes unas buenas vistas de la ciudad. También puedes observar algo tan típico americano como los partidos de béisbol amateur.

Visitamos también dos lugares que cambiaron la historia de la cultura afroamericana: el Teatro Apollo, que en el año 1934 abrió sus puertas al público negro y donde dio sus primeros pasos Michael Jackson, y el Cotton Club, donde actuaban los principales artistas negros de la época como Louis Amstrong; eso sí, los negros no podían entrar como público. Qué suerte que eso ahora nos parezca una auténtica locura.

Entre uno y otro pasamos por el Factory de GAP que os recomiendo y que tiene muy buenas ofertas, y comimos en un Popeyes, más que nada por la escena de Little Nicky (el pollo Popeye es la polla), pero ahora que hay restaurantes de la franquicia en España... pierde gracia. Allí mismo recibí por primera vez mi primera agresión verbal racial. Una señora se encaró con nosotros por ser blancos e ir a Harlem a robarles el trabajo o algo parecido le entendí, porque estaba muy alterada. No entendí por qué nadie le decía nada. Más tarde sí lo entendí: allí cualquiera puede llevar arma y la gente va con mucho cuidado.

Desde el Cotton Club nos acercamos al Riverside Park, allí puedes ver la tumba del general Grant famoso por ser el inventor del Ketchup y salvar con esa receta de inanición a cientos de soldados del frente, y también la iglesia de Riverside, la más alta de Estados Unidos. Además, cuenta con el carrillón y la campana más grande del mundo. Como lugar de culto se caracteriza por sus ideas progresistas. Para hacerse una idea en esta iglesia han dado discursos personajes como Mandela, Kofi Annan o Martin Luther King.

Seguimos rumbo Downtown y atravesamos la Universidad de Columbia, la institución más antigua de New York y que data de 1754. Se puede acceder sin ningún problema y me cuentan que con un día de antelación puedes solicitar una visita gratuita por parte de alumnos voluntarios.

Caían chuzos de punta, pero antes de meternos al metro hacemos la última parada para visitar la Catedral de San Juan el Divino, que fue mandada construir por Henry Potter, antepasado de Harry. También es llamada la Sagrada Familia de New York o la catedral inacabada, porque a pesar de diseñarse en 1888, aún no está acabada. A su favor hay que decir que en 2001 sufrió un incendio que la destrozó casi por completo.

Ya cogemos el metro y el tiempo que nos quedó lo dedicamos a las compras en Macy’s, que es como El Corte de Inglés de aquí. Curiosidades que vimos y vivimos: había un cartel en los probadores en los que ponía en grande que... prohibidísimo cambiarse la ropa sin cerrar completamente la puerta, no sea que se te vea un codo, y a mí no se me ocurre mejor cosa que cambiarme un polo delante de todo el mundo sin entrar a un probador, y casi me echan de allí. Otra cosa que me recomendaron es que si te intentan robar y por casualidad le agarras de un brazo, no le obligues a devolverte la cartera, porque se me había olvidado que allí todo el mundo puede llevar un arma.

Para terminar el día cené en un Shake Shack una hamburguesa de champiñón con una cerveza de Bluepoint cargadita de lúpulo mosaic.

Parecía que el día llegaba a su fin, pero lo que tiene llevar a tres marujas al viaje, mi madre y sus hermanas, que seguían dando vueltas en el tren, tres horas después de haberlas dejado a una parada de casa. Me mandaban la ubicación y parecía una hormiga epiléptica, no había cómo explicarles nada; cómo sería la que liaron que al final la policía les llevó hasta la casa.


Día 5: Ultimo día en Nueva York. El avión salía por la noche y nos llevamos las maletas con nosotros. Encontramos varias app para dejar las maletas en tiendas en vez de taquillas, cosa que nos resultó mucho más económica.

También este era el día en que reabrían el MOMA, el museo que no me quería perder, pero estaba en una zona que ya visitamos y decidimos dejarlo para la siguiente.

Lo primero que hicimos fue ir a desayunar y no nos podíamos perder la tarta de queso de Juniors. Después de probarla sí que os puedo decir que no os la podéis perder, y además el chocolate caliente de allí también está muy bueno.

Desde allí nos dirigimos a la Cocina del Infierno, famosa por el comic de Daredevil, un lugar peligroso en el que mal se me tenía que dar para que no me dispararan, pero nada, un barrio nuevo y reformado, con poca vida y sin mucho más que ver que el museo del Intrepid con un enorme portaviones.

Cogemos rumbo Downtown hasta llegar a The Vessel, un monumento, edificio, mirador, que está compuesto por unos 16 pisos de solo escaleras que no llevan a ningún sitio. Llevábamos tal paliza que ni nos planteamos subirlo.

Justo ahí empieza el Hihgline, un parque construido sobre unas antiguas vías de tren y que recorre más de dos kilómetros, alternando naturaleza y arte; está tremendamente transitado y puede llegar a ser algo agobiante por lo estrecho que es.

Nos bajamos justo en el Chelsea Market o la antigua fábrica de galletas Oreo, transformada en un edificio de oficinas y en la planta baja un mercado sobre todo de comida. Son tiendas delicatesen, bastante caras y con muchísima gente, vayas a la hora que vayas. Coincidió con los preparativos de Halloween y la decoración llama mucho la atención aunque personalmente me pareció muy cargante.

Para terminar nuestra visita a New York comimos en Corner Bistro, que me lo habían recomendado, pero salí bastante decepcionado: la carta corta, las hamburguesas pequeñas y caras, y para colmo, no podías pagar con tarjeta y tenían un cajero dentro del restaurante. A cuadros me quedé.

Después de esto sólo nos quedaba recoger las maletas y coger el tren para llegar al aeropuerto con calma.

Como bonus dejo unos cuanto coches de esos pequeñitos que me gustan a mí y una reflexión de mi madre cuando tuve que elegir coche: "Pero ese es más grande, será mejor"

También una galería de postales típicas de las calles de New York


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