• Carlos Sanz Arranz

Plzen, Lager Paradise

Actualizado: 23 de dic de 2020

No todos los días tienes una invitación para conocer la fábrica de la que, para mí, es la mejor cerveza lager industrial del mercado. Que no es otra que Pilsner Urquell. Así que no me lo pensé dos veces a la hora de aceptar la invitación.

Para llegar es necesario viajar hasta Praga, aunque también hay opción de viajar desde Alemania, más complicado.

Desde Praga cogemos un coche de alquiler para ir hasta Plzen, que son como unos 45 minutos, pero en horas punta tiene mucho tráfico.

De camino paramos en un pueblecito, Lodenice, en el que vimos una tienda porque teníamos gusa y por comer algo. Era curioso, una mezcla de estanco con la típica tienda china, regentado por una china, y los productos también llamativos eran del tipo de Lays de alitas de pollo o pimientos picantes. Así que todo lo raro que vimos lo compramos. A la hora de pagar, la dependienta sólo hablaba chino y checo, no tenía datáfono y nosotros no teníamos coronas, por lo que al final nos entendimos para pagar en euros. Según su cambio, teníamos que pagar 20€, cuando en realidad eran como 3€, así que si os pasa... vigilad el cambio.

Era un día soleado aunque frío Plzen nos recibía con casi 8Cº de máxima, lo primero que hicimos fue pasar por un gran supermercado que se llama Área Bory para comprar cerveza, cosas para el desayuno y como siempre cotillear el producto local.

Desde allí vamos al piso de Airbnb que cogimos para dejar las maletas, un piso muy chulo por unos 30€ euros la noche en un barrio residencial.

Una vez acomodados ya nos vamos a nuestro destino principal del viaje. No había investigado nada, así que supuse que sería una nave industrial como las fabricas industriales de España, pero cuando el GPS me advirtió de que habíamos llegado al destino, me encontré con una puerta enorme de piedra arenisca, llamada Puerta del Aniversario. Nada más pasar la puerta me encontré la fábrica, o quizás debería decir la ciudad, para que os hagáis una idea de las dimensiones: para visitarla e ir de un edificio a otro hay un autobús.

Había quedado en el centro de visitantes, donde mi visita comenzaba con la historia de la fábrica. Al no entender yo el inglés, como me daba un poco de cosa pedir todo el rato que me repitieran, me quedé con los datos básicos que son los siguientes:

En la ciudad de Plzen hacen cerveza desde el siglo XII, pero a finales del siglo XIX la cerveza dejó de estar buena, porque se hacía a ojo, sin fórmulas, y la gota que colmó el vaso fue que en 1838, cuando se tuvo que desechar varios barriles de cerveza porque era imbebible, en ese momento cerca de 250 personas fundaron la fábrica de Pilsner Urquell con el objetivo de salvar el negocio. Y contrataron a Josef Groll, un maestro cervecero alemán que cambió la levadura de alta fermentación por la de baja fermentación, y se elaboró la primera Pilsen Urquell, el 5 de octubre de 1842, justo 145 años y 15 días antes de que yo naciera. Casualidades de la vida. Dicen que desde entonces no ha variado la receta, pero… yo conozco otra historia que se opone a esta teoría, aunque en las dos, a día de hoy, se sigue fabricando con la misma receta que al comienzo.

Después de visitar un pequeño museo nos vamos afuera y desde lo lejos nos enseñan la réplica a escala de un faro holandés que se llama Torre del Agua, y que extrae agua tanto del manantial como del río.

A continuación cogemos el autobús para llegar a la embotelladora, donde me comentan que en la fábrica no solo fabrica Pilsen urquell, sino también otras marcas como Gambrinus. Si te gusta ver pasar botellas a toda leche por una cinta éste es tu sitio. No te muevas, porque es lo que puedes ver durante horas. Si no, acompáñame a la siguiente parada, que es la sala de los ingredientes, una sala interactiva en la que puedes ver la malta que usan, el lúpulo que según ellos es Saaz (aunque yo pienso y podría asegurar que lleva alguno más), el agua y la levadura.

Después me llevan a las salas de cocción, la histórica que ya no se usa, pero que muchos cerveceros matarían por tener, y la actual, que estéticamente es similar pero las dimensiones nos son comparables.

Terminada esta visita más comercial cogemos un ascensor hacia las sótanos o bodegas. Lo primero en lo que te fijas es que hace un frío y una humedad horrorosas, se hiela hasta el alma.

Tiene 9 km de laberintos con una superficie de 32km2 que se excavaron a mano, pero por suerte no me pasearon por todos, hubiese muerto de hipotermi. Aquí era donde antiguamente fermentaba la cerveza, pero actualmente ya se hace una pequeña cantidad en barril de madera y solo la disfrutamos los más afortunados.

También en los sótanos tienen unas salas de elaboración en las que aún conservan la bañera en la que antiguamente se maceraba, y me explican cómo limpian los barriles de madera, que no era otra forma que entrando dentro por un agujero. Hicimos una simulación, pero no me cabían ni los hombros, así que no pude limpiar ningún barril.

Por último degustamos una Pilsen de barril fermentada en aquel sótano y nos dirigimos hacia la tienda de souvenirs, donde puedes comprar todo lo que quieras de Pilsner Urquell. Terminamos tomando otra cerveza, esta vez sin filtrar, pero de fabricación convencional, en el restaurante de la fábrica.

Volvemos a casa para seguir por la zona nuestra ruta cervecera. Primero fuimos a Bizona con cerveza artesana propia: la cerveza no fue gran cosa y la comida deja mucho que desear. Unas bolas grasientas de algo así parecido a pollo. Más tarde me enteré de que Chequia tiene fama de tener muy mala cocina, y sí es verdad que en tres viajes a República Checa pocas veces he comido bien.

Después pasamos a otro que se llamaba Trpaslík, un local que olía, sabía y donde podías incluso palpar la grasa del ambiente. Respirabas colesterol. Aquí pedimos champiñones, que eran rebozados y fritos; no estaban mal, pero se reían de nosotros por pedir sólo una ración para dos. La verdad que lo de ir alternando no está muy extendido en Europa y en muchos sitios te miran raro. Y de allí, para casa.

Al volver nos llamó la atención que sobre las 21-22h ya no quedaba nadie en la calle, y los que quedaban estaban bastante beodos, también hay que decir que el caminar borracho por la calle lo vi como algo normal, eso sí, nunca perdían la verticalidad por mucho que se tambaleasen.

Al llegar a casa el viaje nos cambió drásticamente ya que mi acompañante decidió caerse y sacarse el hombro, y tuve que colocárselo allí en el piso por que se negaba a ir al hospital. Por suerte y tras mucho dolor, la cosa acabó bien.

Tras el incidente, el segundo día, con la calma, decidimos ir a Praga a pasar la jornada. Tampoco puedo contar mucho de la visita, ya que íbamos despacito, sólo comentar que si vais al centro en coche, cosa que no recomiendo, ya que como cualquier centro de ciudad es una locura, la mejor opción es el parking del Palladium.

Desde allí dimos un paseo por las principales calles de la ciudad que tienen mucha magia: el reloj astronómico, la cueva del queso….

También descubrimos cosas curiosas. Llama la atención que allí todas las tiendas dispongan de productos con “marihuana”, aunque en realidad debe de ser cáñamo, ya que es sin THC, así que no piquéis si lo que queréis es marihuana. La marihuana está prohibida en Praga, pero está aceptada socialmente y no está perseguida. Si encuentras a alguien fumando en la calle no te cortes a la hora de preguntarle dónde lo ha comprado porque no tendrán ningún problema de decírtelo. Incluso hay bares que tienen su propio vendedor asignado.

También cenamos en la bodega de un precioso restaurante, pero como siempre me ha pasado, la comida era bastante decadente. Menos mal que con una Gambrinus y una Pilsen Urquell entra todo de maravilla.

Nos volvemos para descansar y ver si ese hombro se recupera para nuestro último día en República Checa.

Por la mañana y con el brazo ya un poquito mejor recorrimos las calles de Plzen. Es una ciudad preciosa, llena de vida y poco turística. Entre nuestras paradas el parque Stadtgarden, que rodea la mitad del centro histórico, la plaza de la República y la Catedral de San Bartolomé, la torre Cerna Vez y el Museo de la Cerveza, también nos enteramos que Plzen está totalmente tunelada y la puedes recorrer entera por debajo.

Este día gastronómicamente fue el mejor con diferencia. Disfrutamos de unos bollos de chimenea hechos al momento, comimos en un Buffalo Grill, que debe ser una cadena, pero las alitas estaban espectaculares y tenían los mejores baños que jamás vi.

Alternamos en el Beer Factory.

Visitamos el Museo de la cerveza.

Y por último, cenamos en un “turco” Antalya una pizza maravillosa.

Así que con este buen recuerdo gastronómico dejamos Plzen, porque el vuelo del día siguiente salía a las 6 de la mañana y no teníamos tiempo de más.

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