Road trip por el Pirineo Aragonés

Actualizado: 23 de dic de 2020

Comienza un viaje distinto, combinando montañismo y roadtrip, prácticamente sin componente gastronómico ni cervecero, y sin mucha preparación, aunque eso no es nada nuevo.

Partimos desde Madrid pasado el mediodía y llegamos a nuestro destino, Sabiñánigo, donde teníamos el apartamento, bastante tarde, así que no nos dio tiempo nada más que a preparar el día siguiente. El gran reto de este viaje era subir y bajar a Monte Perdido en el día, sin pernoctar, ya que tras varias consultas a expertos que nos dijeron que eso era imposible... la señora del apartamento nos dijo que "lo mismo, si madrugábamos, llegábamos", era todo lo que necesitábamos para intentarlo.

Preparamos la cena y la comida para el viaje y nos vamos a descansar prontito para afrontar el reto.

Salimos de casa a las 6.30 para llegar a Torlá sobre las 7. Allí tienes que esperar un autobús que te lleva hasta el principio de la ruta, ya que no hay otra forma de acceder al parque.



Ida y vuelta cuestan 4.5€. Lo bueno es que suele ser bastante ágil y empieza desde temprano.

Una vez allí, tienes dos opciones para llegar a la cima de monte: una senda más llana y que va por el valle, y la senda de los cazadores que va por la parte alta. Optamos por la parte baja, ya que es más rápida y nuestra prioridad era llegar lo más alto posible.



La primera parte del recorrido, que transcurre entre bosques y sin apenas desnivel, se hace tediosa. Al terminar este tramo, de repente, se abre la vegetación y puedes observar todo el valle; la sensación es sobrecogedora.

Sigues caminando por el valle y si tienes suerte podrás disfrutar de ver jugar a las marmotas, a escasos metros de ti; aquí el desnivel sigue sin ser apreciable, aunque ya llevas muchos kilómetros en las piernas. La siguiente parada es la cascada de la cola de caballo, un lugar impresionante donde poder almorzar disfrutando de las vistas, ya que es el punto de inflexión donde el camino empieza a subir.


Desde allí dejamos la cascada a nuestra derecha y cogemos una estrecha senda de piedra que asciende a la parte superior del valle muy rápido. Es la parte más divertida, y peligrosa, ya que hay muchas piedras resbaladizas.

A unos 2000 metros vemos un helicóptero que aterriza para llevarse a una chica que se rompió la pierna bajando; eso nos deja más tranquilos, aunque no tenemos ninguna intención de necesitarlo. El camino se hace duro en estos momentos y las horas van pasando, son casi las 13:30 cuando llegamos al refugio de Góriz a 2200 metros, tras una breve parada técnica donde tomamos la decisión de seguir subiendo solo hasta las 15:00, para tener margen de regresar con garantías. Finalmente no se pudo conseguir subir y sí, la mayoría de los expertos tenían razón, es imposible subir y bajar en el día, salvo para algunos privilegiados que lo hagan corriendo, pero me pareció que el refugio estaba demasiado cerca como para hacer noche tras una jornada tan corta, con solo 5-6 horas hasta el refugio.


Con pena y un poco de frustración, comenzamos el descenso, esta vez sin descansos, salvo para recoger agua. Esta es una de las cosas a tener en cuenta: hasta que llegas a Cola de Caballo hay agua por cualquier sitio; después... ya no tienes nada.

Llegamos al autobús sobre las 18:00 y en el viaje de vuelta tuvimos la visita de unos rebecos que nos acompañaron durante unos metros hasta que se volvieron a perder en el espesor del bosque

Ese día no nos dio más que para llegar, ducharnos, cenar y poco más.

El tercer día es día de ruta en coche, ya el anterior nos dimos cuenta de que no íbamos a llegar a muchos sitios, porque hay que tener en cuenta lo que tardas en llegar de un sitio a otro con estas tortuosas carreteras. Así que hay que armarse de paciencia, a eso hay que sumarle la dificultad para movilizar a la expedición que hasta casi las 12 no conseguimos salir.

La primera parada es Susín, un precioso pueblo abandonado, pero muy conservado, si es cierto que para llegar hay que subir una colina con bastante pendiente (los carteles marcan algo más de un kilómetro, pero se nos hizo más largo); aunque os aseguro que merece la pena.


Subimos de nuevo al coche y nos dirigimos a Biescas, un bonito pueblo al pie de la montaña, cruzado por el río Gallego. Tras un paseo por las calles con su correspondiente cerveza y pintxo, proseguimos el camino para visitar la cascada de Orós Bajo. No conseguimos encontrar el camino que nos llevase a ella, pero pudimos disfrutar de las vistas desde arriba.


La siguiente y última parada en este viaje era Aínsa. Nada más llegar nos encontramos parquímetros. Lo que hay que ver, crecen ya en cualquier sitio. Personalmente me parecen una mala idea, sobre todo para hosteleros y comerciantes, ya que aceleras las visitas al tener que estar pendiente del coche, que está a las afueras del pueblo.

Aínsa es un pueblo precioso de aspecto medieval, que te recibe con unas murallas que rodean un gran patio. Puedes subir a la muralla y disfrutar de las vistas y ver la unión de los Ríos Ara y Cinca.


El pueblo dispone de un montón de rincones peculiares y callejones por los que perderte. Sobre todo en la noche es algo mágico.

Hacemos parada en el albergue de Nuei, ya que nos llamó la atención por sus productos artesanos y de cercanía. Pudimos disfrutar de unas cervezas artesanas, paté de ciervo y embutidos, en una terraza con vistas.

Desde allí, directos al apartamento, para afrontar nuestro último día y la vuelta.

Me despierto a las 8:00 y, tras la espera del día anterior y por no desesperarme, me subo a visitar Jaca y ya me avisarán cuando se despierten.

Jaca, aparte del esquí, guarda muchas curiosidades. Como por ejemplo, que tiene la primera construcción románica de la Península, aunque no es nada espectacular. También puedes visitar la Torre del Reloj, que primero fue usada para la llamada al rezo, y más tarde como cárcel. O la Ciudadela de Jaca, una gran fortaleza con forma de pentágono y con amplias zonas ajardinadas en forma de estrella; además, en los fosos viven, desde hace unos 45 años, que llegaron desde Madrid, un macho y dos hembras de ciervo, y ahora decenas de ellos.


De vuelta al coche paso a recoger al resto de la expedición y ponemos rumbo a Madrid, haciendo dos paradas antes:

La primera, en el Castillo de Loarre, que nos costó encontrarlo ya que la ubicación que te da el GPS te manda a mitad de la nada, en un erial a unos 20 minutos del castillo. Tuvimos que buscar cómo llegar en páginas de internet, aunque ya está modificado.

La verdad que el castillo bien merece la visita, pues desde el principio del camino que lleva al castillo impone respeto. El castillo se encuentra en buen estado de conservación, lo que hace muy recomendable la visita. Este castillo sirvió de avanzadilla para la Reconquista, desde lo alto se controla toda la zona de La Hoya aragonesa, en especial la localidad de Bolea, antigua ciudad musulmana. El punto fuerte de este castillo es que utiliza la roca caliza del suelo como cimientos, lo que hacia imposible el minado de las murallas.


La segunda parada fue menos agradable. Paramos en Huesca para visitar la ciudad, por suerte estaban de fiesta y pudimos disfrutar de alguna de sus celebraciones. Fuera de eso nos encontramos una ciudad bastante fea, los edificios nuevos sin ningún encanto se mezclaban sin armonía con edificios viejos sin ningún atractivo. El olor de las calles era muy fuerte a orín. Tan sólo destaca el Monasterio de San Pedro y la Catedral; que por cierto, en la plaza de la catedral, el único restaurante que había era un chino. Movidos por la desesperación de encontrar algo que justificara la visita vimos en el mapa la Puerta de Montearagón, una de las puertas que quedaban de la muralla. Nos dirigimos a ella, pero por más que buscábamos no llegábamos, y tras unos 20 minutos de búsqueda nos dimos cuenta que era un travesaño de madera que unía los dos lados de una callejuela estrecha, así que con este mal sabor de boca terminamos nuestro viaje por el Pirineo aragonés del que tantas cosas nos dejamos sin ver.


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